top of page

Estudiamos para cuidar, pero ¿dónde trabajamos?

Foto del escritor: La Cuadra
La Cuadra
13 sept
3 min de lectura

Actualizado: 10 oct



Pasamos años preparándonos para ejercer una profesión de la salud.

Estudiamos. Hacemos prácticas. Internados. Trabajos. Exámenes. Nos especializamos.


Seguimos estudiando incluso después de haber obtenido un título, porque en salud pareciera que nunca dejamos realmente de aprender. Aprendemos a evaluar, intervenir, acompañar, rehabilitar, prevenir y cuidar.


Y en algún momento llega una pregunta bastante más difícil:

¿Dónde trabajamos?


Porque una cosa es formarse para una profesión y otra, bastante distinta, es encontrar un lugar donde ejercerla.


Y creo que de eso hablamos poco.

Hablamos mucho de la vocación, de la importancia de cuidar a otros. De la responsabilidad que tenemos como profesionales de la salud.


Pero hablamos bastante menos de lo que significa intentar construir una vida trabajando de aquello para lo que nos formamos.


En Chile, para muchos profesionales de la salud, el camino parece estar bastante definido: entrar a una clínica, un hospital, un CESFAM, un centro médico, una institución.


El problema es que esos lugares no siempre están disponibles.


Los concursos tienen pocos cupos. Los procesos de selección pueden ser largos. Hay postulaciones que terminan sin respuesta y otras en las que recibimos un correo agradeciendo nuestra participación cuando el proceso ya terminó.


Y mientras tanto, seguimos necesitando trabajar.

Entonces aparece la consulta particular.


Al principio quizás como una alternativa mientras encontramos “algo estable”.

Después como una posibilidad real.

Y para algunos, finalmente, como la única forma de construir una trayectoria profesional.


No necesariamente porque ese haya sido el plan.

Simplemente porque fue el camino que apareció.


Y ahí ocurre algo curioso: nos formamos para ejercer una profesión de la salud, pero nadie nos enseña demasiado sobre lo que significa construir una profesión.


Nadie nos explica cómo calcular cuánto vale nuestro trabajo.


Cómo poner un precio a una hora de atención sin sentir culpa.

Cómo conseguir pacientes.

Cómo hacer una agenda sostenible.

Cómo administrar un negocio.

Cómo pagar cotizaciones.

Cómo comunicar lo que hacemos sin sentir que estamos “vendiendo” nuestra profesión.

Cómo construir una red de colegas.

Cómo derivar.

Cómo pedir una segunda opinión.


Cómo seguir sintiéndonos parte de una comunidad profesional cuando ya no tenemos un equipo al lado.


Porque trabajar de manera independiente tiene una enorme libertad.

Pero también tiene costos que muchas veces no se ven.


Ser independiente significa tomar decisiones que antes tomaba una institución.

Significa asumir riesgos que antes estaban distribuidos.


Significa que, además de ser psicólogo, kinesiólogo, nutricionista, también tenemos que aprender a ser administradores, gestores, comunicadores y, muchas veces, nuestros propios vendedores.


Y no estoy diciendo que esto sea necesariamente malo.

De hecho, creo que hay algo muy valioso en poder construir una manera propia de ejercer.


Elegir cómo queremos trabajar.

Con quiénes queremos trabajar.

Qué tipo de vínculo queremos establecer con las personas que atendemos.

Qué lugar queremos que tenga nuestra profesión en nuestra vida.


El problema es que muchas veces llegamos a ese lugar sin haberlo elegido realmente.


Llegamos porque no encontramos otra opción.

Y creo que ahí hay una conversación que vale la pena abrir.


¿Qué significa hoy ser un profesional de la salud?

¿Sigue siendo suficiente pensar en nuestra profesión solamente desde el lugar donde trabajamos?


¿Es distinto el valor de un profesional porque atiende en una clínica, en un centro médico o desde su propia casa?


¿En qué momento comenzamos a asociar una institución con mayor legitimidad profesional?


Y quizás una de las preguntas más importantes:


¿Estamos formando profesionales para cuidar a otros, pero también para poder sostenerse a sí mismos ejerciendo esa profesión?

Porque cuidar también requiere condiciones para poder hacerlo.

Un profesional agotado, precarizado o permanentemente preocupado por si tendrá suficientes pacientes el próximo mes también está intentando cuidar.


Y no creo que tengamos que romantizar la independencia.

No todo profesional independiente está feliz de serlo.


No todo el mundo quiere emprender.

No todos quieren tener una consulta propia.


Y tampoco debería ser la única alternativa frente a un mercado laboral que no siempre tiene espacio para todos quienes se han formado.


Pero quizás sí podemos empezar a reconocer que la independencia también es una forma legítima de ejercer una profesión de salud.


No es un segundo lugar.

No es “mientras encuentro trabajo”.

No es necesariamente el plan B.


Puede ser un proyecto profesional.

Puede ser una decisión.


Y también puede ser una respuesta a un sistema laboral que nos ha obligado a buscar nuevas formas de trabajar.


Quizás el desafío está en que no tengamos que elegir entre independencia y comunidad.


Entre trabajar por cuenta propia y tener colegas.


Entre construir nuestro propio camino y sentir que pertenecemos a algún lugar.


Porque si algo he aprendido conversando con otros profesionales es que somos muchos los que estamos intentando resolver, de distintas maneras, exactamente la misma pregunta:


Estudiamos para cuidar. Pero, ¿dónde trabajamos?

Comentarios


bottom of page