El monstruo de la culpa: Leviticus, el enfoque narrativo y el arte de reescribir nuestra propia historia

Por Valentina León | Psicóloga Clínica con Enfoque narrativo.
El cine de terror suele utilizar criaturas sobrenaturales para retratar nuestros miedos más profundos. Eso es lo que ocurre en el largometraje de terror queer australiano Leviticus (2026), escrito y dirigido por Adrian Chiarella. En ella, el verdadero horror no proviene de una casa embrujada ni de un asesino enmascarado, sino de una entidad que nace del estigma y la represión.
La historia sigue a Naim (Joe Bird), un adolescente que acaba de mudarse con su
madre a un pueblo conservador y devoto en Australia, y a Ryan (Stacy Clausen), un joven local con quien inicia una relación sexo-afectiva en secreto. Tras un episodio de celos y miedo, Naim expone la orientación de Ryan ante la comunidad, y como respuesta, los líderes religiosos y la familia someten a los adolescentes a un brutal ritual similar a un exorcismo y, desde la psicología, no pude evitar pensar en la terapia de conversión.
Esto con la finalidad de "curar" sus deseos. Sin embargo, el ritual no cura nada (quizás porque no hay nada que curar): desencadena una entidad demoníaca que adopta la forma física de la persona que más desean, en este caso, el uno al otro, y los persigue violentamente cada vez que están solos o intentan expresar su afecto.
Desde la terapia narrativa, este monstruo que imita a la persona amada no es solo un recurso del cine: es la encarnación literal de una narrativa dominante, esa historia cultural que le susurra a las personas queer que su propio deseo es una amenaza mortal.
Las narrativas dominantes: el guión que nos enseñaron a seguir
La terapia narrativa nos enseña que las personas no vivimos en el vacío: construimos nuestra identidad a partir de las historias que contamos sobre nosotros mismos y, sobre todo, de las historias que la sociedad cuenta sobre nosotros. Llamamos narrativas dominantes a esos discursos culturales hegemónicos (heteronormativos, patriarcales o dogmáticos) que
imponen una única forma "correcta" o "aceptable" de amar, sentir y existir.
Pensemos que, desde la infancia, la cultura transmite el mensaje de que la
heterosexualidad es la norma natural y que cualquier desviación es algo "malo", "peligroso" o "defectuoso”. Cuando una persona crece escuchando estos relatos, los absorbe e interioriza, y la persona deja de pensar "estoy enfrentando un prejuicio social" y comienza a concluir rígidamente "yo soy el problema" o "estoy roto por dentro" .
El monstruo en Leviticus, la culpa hecha carne
En la película, la criatura sobrenatural ilustra a la perfección cómo opera una narrativa dominante cuando se mete bajo la piel. La regla de la entidad es, a mi parecer, devastadora: ataca únicamente creando momentos de vulnerabilidad y cercanía afectiva, cuando intentan tomarse de la mano o expresarse amor. El objetivo de este monstruo en la pantalla es que Naim y Ryan se teman entre sí y se aíslen por completo.
En la vida real, la homofobia internalizada actúa de la misma manera:
● Autovigilancia constante: Monitorear cada gesto, palabra o ademán por miedo a ser descubierto.
● Sabotaje de la intimidad: Miedo a enamorarse, tendencia a huir de las relaciones
cuando el vínculo se vuelve profundo, o atracción repetitiva por personas no
disponibles.
● Aislamiento social: Distanciarse de amigos, familiares o de la propia comunidad
LGBTQA+ por temor al juicio.
Cuando la narrativa dominante toma el control, la persona siente que su existencia no tiene cabida en el mundo, lo que se traduce en un profundo dolor emocional, depresión e incluso ideación suicida.
Construir narrativas alternativas: reescribir el relato propio
El enfoque narrativo me hace sentido, entre muchas cosas, por lo que plantea: que ninguna historia abarca toda la experiencia de una persona. Por más pesada que sea la narrativa dominante de la culpa, siempre existen excepciones, recuerdos periféricos e historias invisibilizadas que demuestran que somos mucho más que el prejuicio que nos enseñaron.
La construcción de narrativas alternativas consiste en identificar estos relatos
olvidados y volver a tomar el lápiz para reescribir nuestra vida:
● Desideologizar la mirada: Cuestionar las verdades impuestas por la sociedad. Dejar de vivir desde el "deber ser" (ej. cumplir las expectativas heteronormativas) para comenzar a explorar el "querer ser" (abrazar nuestros deseos y valores reales).
● Separar a la persona del problema: Recordar que la homofobia y el rechazo
no son rasgos de tu identidad, sino discursos culturales externos que fueron
impuestos en tu historia.
Las dos llaves maestras: agencia y autocompasión
Para que una narrativa alternativa tenga fuerza y transforme nuestra salud mental, necesitamos dos ingredientes fundamentales:
Agencia: el sentido de autoría
La agencia es la capacidad de reconocerte como protagonista y autor/a de tu propia vida, dejando de ser un personaje pasivo en el guión de otros. Implica recuperar el sentido de control sobre tus decisiones, definir tus propios espacios seguros y elegir con quién deseas construir vínculos afectivos de manera libre y autónoma.
Autocompasión: devolver la culpa al remitente
La homofobia internalizada llena la mente de juicios severos y autorechazo. La
autocompasión es el acto de tratarte con la misma amabilidad y ternura con la que tratarías a alguien a quien amas profundamente.
En terapia narrativa existe una metáfora llamada "devuélvase al remitente": reconocer que la vergüenza y el miedo no te pertenecen a ti, sino que son "paquetes emocionales" que la sociedad, la religión o la familia depositaron en ti.
Autocompasión es decir: "esta culpa no es mía; se la devuelvo a la cultura que la creó, porque yo merezco amar y ser amado en paz".
En el desenlace de Leviticus, los protagonistas comprenden que huir o esconderse no destruye al monstruo, lo que realmente transforma la historia es la decisión consciente de no renunciar a su afecto, ejercer su agencia para alejarse del entorno tóxico y asumir su amor sin someterse al pánico impuesto.
Reivindicar nuestra historia
Leviticus nos recuerda que el verdadero peligro jamás ha sido el amor entre dos
personas, sino los relatos sociales que nos enseñan a temer a nuestro propio corazón.
Cuestionar y sanar la homofobia internalizada no significa borrar el pasado, sino quitarle el poder a la narrativa dominante y reclamar nuestro derecho a una narración propia.
Al cultivar la autocompasión y ejercer nuestra agencia, desarmamos al monstruo del autorrechazo y abrimos paso a una vida donde el afecto deja de ser una amenaza y vuelve a ser un refugio de libertad, orgullo y dignidad.


Comentarios